¿En que momentos nos volvimos tan malos?

A lo largo de la historia, la crueldad y la deshumanización han sido herramientas utilizadas por el poder para controlar, intimidar y someter a las personas. Durante siglos, estas prácticas no encontraron grandes barreras legales, lo que permitió que el desprecio y el sufrimiento fueran impuestos sobre los más vulnerables sin consecuencias. Fue solo después de las devastadoras guerras del siglo XX que el mundo comenzó a decir "basta" a esta brutalidad. Las leyes y normativas aprobadas tras la Segunda Guerra Mundial intentaron dejar atrás ese derecho implícito a despreciar y hacer sufrir a los demás. Pero, a pesar de estos avances, la crueldad sigue presente en nuestra sociedad, y en muchos casos, se ha convertido en una herramienta política peligrosa.
Para entender cómo opera la crueldad en nuestra sociedad, es crucial verla por lo que realmente es: una práctica que convierte a las personas en objetos, que las humilla y las somete a un dolor deliberado. Este dolor no es solo físico, sino también psicológico. La crueldad no se limita a los golpes o la tortura; también se expresa en las palabras, en los gestos y en las políticas que buscan infundir miedo y control. Es una forma de comunicación perversa que no solo busca lastimar, sino también incitar a otros a unirse a esta espiral de maldad.
Imagina las heridas en el cuerpo de una víctima de crueldad. Esas heridas no son solo marcas físicas; son un mensaje. Son una escritura social que los perpetradores utilizan no solo para sembrar terror, sino también para invitar a otros a romper las barreras morales que nos protegen mutuamente como seres humanos. Es un intento de destruir la compasión, de convertirnos en una sociedad donde el sufrimiento del otro no nos afecte, donde la crueldad se normalice y se convierta en una forma aceptable de relacionarnos.
Lo más alarmante es que este discurso de la crueldad no es solo un problema social, sino que también se ha infiltrado en la política contemporánea. Vemos cómo ciertos sectores radicales activan este tipo de retórica contra los más vulnerables: migrantes, minorías sexuales, los pobres, los jubilados y las clases trabajadoras. Estas ideologías invitan abiertamente a romper con las normas que protegen los derechos de todos, fomentando una comunidad basada en la intolerancia y la falta de compasión.
En la política, la crueldad se ha disfrazado de políticas económicas "necesarias". Durante décadas, nos han dicho que ciertos sacrificios son inevitables, que debemos soportar el dolor ahora para recibir beneficios más tarde. Sin embargo, lo que estamos viendo hoy es algo mucho más oscuro. Políticos radicales han reemplazado las metáforas del bisturí, que al menos intentaban justificarse como un mal necesario, por la brutalidad de la motosierra, que no busca curar, sino destruir. Ya no se trata de soportar un dolor para sanar, sino de infligir ese dolor deliberadamente como una forma de castigo.
Este enfoque cruel utiliza recortes presupuestarios y exclusiones para justificar el sufrimiento de ciertos grupos. Es una estrategia que busca culpar a los más vulnerables por las crisis que ellos no causaron, despertando así el apoyo a ideologías autoritarias y despiadadas. En lugar de buscar soluciones justas y humanas, estas políticas promueven el desprecio hacia aquellos que ya están sufriendo.
Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. Debemos reconocer la crueldad por lo que es: una amenaza para nuestra humanidad. Es fundamental que como sociedad nos opongamos a estos discursos y prácticas que intentan despojarnos de nuestra compasión y empatía. Necesitamos alzar la voz contra la injusticia y abogar por un mundo donde la dignidad humana sea el centro de todas las decisiones políticas. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente justa y solidaria, donde el respeto y la protección de los derechos humanos prevalezcan sobre cualquier forma de crueldad.