El voto, el miedo y la dignidad: por qué reducir la política al bolsillo es un error

Enero 2, 2026 - 08:51
Enero 2, 2026 - 09:00
El voto, el miedo y la dignidad: por qué reducir la política al bolsillo es un error

En la Argentina actual, atravesada por recortes a educación y jubilaciones, conflictos institucionales múltiples, episodios de violencia simbólica y real (desde el destrato a personas con discapacidad hasta la celebración política de quienes bloquearon mejoras previsionales), el debate público vuelve a caer en una explicación simplista: “la gente vota contra sus propios intereses”.
Esa lectura no solo es incompleta; es políticamente peligrosa.

Un análisis psicológico de los votantes aporta una clave fundamental para entender el fenómeno: las personas no votan solo con el bolsillo, votan con sus miedos, aspiraciones y necesidad de sentido. Y esto es central para comprender por qué sectores empobrecidos o golpeados por la crisis acompañan proyectos de derecha incluso en contextos de ajuste severo.

Meritocracia y justificación del sistema: la esperanza como refugio

Aceptar que el sistema es estructuralmente injusto y que la pobreza es una condena genera una carga psicológica enorme. Frente a esa ansiedad, creer que el mundo es justo y que el esfuerzo individual permite progresar resulta emocionalmente más saludable que asumir una exclusión permanente.

En este marco, la narrativa del “hombre hecho a sí mismo” no opera como engaño, sino como acto de esperanza. El voto no se emite desde lo que se es hoy, sino desde lo que se aspira a ser mañana. Por eso, incluso en un contexto donde el ajuste golpea fuerte (jubilaciones licuadas, educación recortada, políticas sociales retraídas y obra pública detenida), el discurso meritocrático conserva atractivo: ofrece dignidad futura a cambio de sacrificio presente.

Orden y seguridad en contextos de caos

La Argentina vive una acumulación de tensiones: crisis económica, deterioro social, conflictividad política permanente y una retórica de confrontación constante. En ese escenario, el orden se vuelve un valor en sí mismo.

La psicología moral indica que, en contextos de escasez material y alta incertidumbre, las sociedades no demandan necesariamente transformación, sino algún tipo de orden reconocible. Familia, tradición, religión y normas claras funcionan como anclas emocionales cuando todo lo demás parece inestable. En ese marco, incluso discursos que prometen una ruptura profunda pueden ser aceptados si logran resignificarla como un paso necesario para restablecer reglas, jerarquías y previsibilidad.

La reducción de la inflación opera aquí como un símbolo de orden, más que como un alivio inmediato del bienestar cotidiano: no mejora de forma sustantiva la vida de los sectores vulnerables, pero introduce una señal concreta de control en medio del desorden previo. Esa señal refuerza la percepción de que el sacrificio tiene sentido y que el caos no es el futuro, sino el pasado que se está dejando atrás.

Por eso, el temor dominante no es al cambio en sí, sino a perder lo poco que aún se conserva. Y ese miedo, profundamente humano, suele pesar más que la promesa (siempre abstracta) de un beneficio futuro que no se puede visualizar con claridad.

Simplicidad cognitiva en tiempos de crisis

La crisis también es mental. Cuando la vida cotidiana se vuelve inestable, el cerebro busca explicaciones simples y culpables identificables.
“Los inmigrantes”, “la delincuencia”, “la inflación”, “el Estado”: la derecha suele ofrecer diagnósticos claros y soluciones contundentes, aunque reduccionistas.

Ese mensaje reduce la ansiedad cognitiva mucho más rápido que explicaciones estructurales sobre desigualdad, modelo productivo o sistema financiero.
No es profundidad lo que se busca en contextos críticos; es certeza.

El contexto argentino: inflación baja, conflicto alto

Hoy, el oficialismo exhibe una reducción de la inflación como principal logro. Es un dato real y relevante, pero convive con una degradación social visible: jubilaciones insuficientes, ajuste educativo, conflicto con sectores vulnerables, deterioro del clima democrático y una dependencia explícita del respaldo externo (en particular, de Estados Unidos) como ancla de estabilidad.

La celebración política de los “88 héroes” que bloquearon mejoras previsionales, o episodios de confrontación con personas en situación de discapacidad, no son anécdotas: refuerzan un clima de insensibilidad institucional que tensiona aún más el tejido social.

Sin embargo, el apoyo persiste. ¿Por qué? Porque para muchos votantes, el orden macroeconómico y la promesa de estabilidad futura pesan más que el sufrimiento presente, especialmente cuando el relato ofrece sentido, jerarquía y un enemigo claro.

Conclusión: entender el voto es entender a las personas

No se trata de ignorancia ni de manipulación. Se trata de humanidad.
El voto no es solo una transacción económica; es una expresión emocional, moral y simbólica.

Si se quiere disputar poder en serio, no alcanza con mostrar números ni denunciar ajustes. Hay que comprender (y abordar) los miedos, las aspiraciones y la necesidad de dignidad de amplios sectores sociales.

Mirar únicamente el bolsillo es un error. Para entender el voto, hay que mirar también la cabeza y el corazón.