El oro en 2026: qué nos está diciendo el mercado sin decirlo

A lo largo de la historia económica moderna, el oro ha cumplido una función que excede ampliamente su uso como mercancía o activo financiero. Su precio, observado en perspectiva de largo plazo, actúa como un indicador adelantado de tensiones profundas en el orden económico y geopolítico. No anticipa hechos concretos ni fechas, pero sí refleja con notable consistencia los momentos en los que la confianza en las reglas vigentes comienza a erosionarse.

Enero 20, 2026 - 10:44
El oro en 2026: qué nos está diciendo el mercado sin decirlo

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, el oro no mostraba variaciones nominales significativas porque su precio estaba fijado por ley bajo el patrón oro. Antes de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, una onza se cotizaba en torno a 20,67 dólares. Sin embargo, la estabilidad del precio no implicaba estabilidad del sistema. En los años previos a 1914, los Estados europeos incrementaron sus reservas, limitaron la circulación de oro y reforzaron su rol como respaldo último, una señal temprana de que el equilibrio financiero internacional estaba bajo presión.

Algo similar ocurrió en el período previo a la Segunda Guerra Mundial. Tras la crisis de 1929 y el colapso del comercio internacional, Estados Unidos fijó el precio del oro en 35 dólares por onza en 1934. Nuevamente, el valor nominal permaneció estable, pero el contexto era de fractura profunda: devaluaciones competitivas, proteccionismo, desempleo masivo y un progresivo abandono de la cooperación monetaria. El oro no subía en precio, pero ganaba centralidad como refugio y como instrumento de poder.

El cambio decisivo se produce a partir de 1971, cuando el sistema de Bretton Woods colapsa y el oro deja de estar vinculado al dólar. Desde entonces, su precio comienza a reflejar expectativas, miedos y desequilibrios del sistema global. En la década de 1970, en un contexto marcado por la guerra de Vietnam, la crisis del petróleo y una inflación elevada, el oro pasó de valores cercanos a 35 dólares a superar los 200 dólares por onza hacia fines de la década, iniciando una nueva era de volatilidad y señales de alerta.

En el siglo XXI, el patrón se vuelve aún más claro. Entre 2001 y 2011, el precio del oro pasó de alrededor de 250 dólares a más de 1.900 dólares por onza, acompañando la sucesión de crisis financieras, el aumento del endeudamiento global y la expansión monetaria posterior a la crisis de 2008. No fue una reacción a un solo evento, sino a la percepción de que el sistema financiero estaba acumulando riesgos estructurales.

Los episodios geopolíticos recientes reforzaron este comportamiento. Durante la pandemia, el oro volvió a romper máximos históricos, y en 2022 superó nuevamente los 2.000 dólares en medio de la guerra en Ucrania y las sanciones financieras. Sin embargo, el movimiento más significativo se observa en los últimos dos años. En 2025 y comienzos de 2026, el precio del oro alcanzó niveles en torno a los 4.400-4.800 dólares por onza, lo que implica una suba superior al 70 por ciento interanual en dólares, una magnitud inusual para un activo tradicionalmente considerado conservador.

Este rally no puede explicarse por un único factor. Confluyen una elevada incertidumbre geopolítica, tensiones comerciales persistentes, un fuerte crecimiento de la deuda pública en las principales economías y una creciente desconfianza en la neutralidad de las monedas y del sistema financiero internacional. En este contexto, los bancos centrales han pasado a ser protagonistas: en los últimos años, las compras oficiales de oro alcanzaron los mayores niveles en décadas, consolidando una demanda estructural que va más allá del comportamiento especulativo de corto plazo.

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El oro, en este escenario, no debe interpretarse como un anuncio de guerra inevitable. Muchas subas del metal no desembocan en conflictos armados, y muchos conflictos no generan movimientos decisivos en su precio. Lo que el oro anticipa con mayor precisión es la pérdida de cohesión del orden económico que sostiene la estabilidad global. Cuando ese orden se resquebraja, la guerra es solo una de las posibles expresiones del conflicto, junto con crisis financieras, disputas comerciales o reconfiguraciones del poder internacional.

La lectura histórica sugiere, entonces, que el oro funciona menos como una alarma puntual y más como un termómetro de largo plazo. Cuando su precio sube de manera persistente y acelerada, indica que actores relevantes del sistema (inversores, Estados, bancos centrales) perciben que las reglas actuales ya no ofrecen garantías suficientes. El metal no predice el desenlace, pero sí registra el crujido previo, ese momento en el que el equilibrio empieza a fallar antes de que la historia tome un nuevo rumbo.