DEL SURTIDOR AL SUPERMERCADO: ¿COMO EL AUMENTO DEL COMBUSTIBLE TERMINA VACIANDO MAS RÁPIDO TUS BOLSILLOS?
Hay una escena que resume la coyuntura mejor que cualquier discurso: el cartel de YPF sube mientras el país produce más crudo que nunca.
Según datos oficiales citados en marzo, Argentina arrancó 2026 con un nuevo récord histórico de producción de petróleo, y el INDEC mostró que en 2025 el complejo petrolero-petroquímico exportó USD 11.772 millones, con un aumento interanual de 12,8% y un saldo comercial superavitario de USD 6.974 millones. Es decir: el país gana más dólares con energía. Pero eso no se traduce automáticamente en combustibles baratos para el consumidor local.
Tomando a YPF como referencia en San Juan, la suba reciente fue muy fuerte. El 19 de febrero la súper estaba en $1.697, la Infinia en $1.920, el Diesel 500 en $1.765 y la Infinia Diesel en $1.921. El 23 de marzo esos precios ya habían pasado a $1.970, $2.137, $2.058 y $2.231. Y en tu relevamiento de hoy, a partir de la foto del surtidor, los valores aparecen en $2.034 para la súper, $2.214 para Infinia, $2.131 para Diesel 500 y $2.297 para Infinia Diesel. Traducido: en poco más de un mes, la súper trepó casi 20% y el gasoil común más de 21%.
La pregunta que se hace cualquiera es lógica: si Argentina produce más petróleo, ¿por qué sube tanto el combustible? La respuesta corta es que el precio del surtidor no depende solo de cuánto crudo sale de Vaca Muerta. También pesan la actualización de impuestos, los costos de refinación, distribución y comercialización, y los precios internacionales. En marzo, además, el Gobierno volvió a mover los tributos específicos: el Decreto 116/2026 actualizó para naftas $17,385 por litro del impuesto a los combustibles líquidos y $1,065 por dióxido de carbono; para gasoil, $14,884 por litro más $1,696 por carbono. Ese ajuste no explica toda la suba, pero sí explica una parte.
Después viene la segunda capa, la menos visible y una de las más pesadas: es la carga impositiva. Según IARAF, en el interior del país la carga tributaria indirecta sobre el consumo de nafta equivale aproximadamente al 36 por ciento del precio final. Dicho simple: de cada 100 pesos que paga una persona al cargar combustible, unos 36 pesos son impuestos. Y dentro de ese total, la porción más grande no se la lleva un solo nivel del Estado sino varios al mismo tiempo. Si se traduce la composición informada por IARAF al precio final, el desglose aproximado en San Juan queda así: unos 16,3 puntos del precio total corresponden al Impuesto sobre los Combustibles Líquidos, 14,2 puntos al IVA, 1 punto al Impuesto al Dióxido de Carbono, 0,6 puntos al impuesto al cheque y 2,5 puntos a Ingresos Brutos provinciales.
Por eso los gobiernos tienen un incentivo recaudatorio evidente. La Nación captura IVA y los impuestos específicos por litro. Las provincias suman Ingresos Brutos en la cadena de comercialización. Y en muchos municipios aparecen tasas locales, de seguridad e higiene o viales, que también terminan metidas en el precio o en los costos de la estación. En otras palabras, cada aumento del combustible tiene una doble cara: castiga al consumidor y al mismo tiempo engorda la recaudación pública, sobre todo cuando la actualización tributaria acompaña la escalada.
Para el ciudadano común, el efecto es muy concreto. El primer golpe es directo: cuesta más ir a trabajar, llevar a los chicos, mover un utilitario, sostener una moto de reparto o hacer funcionar una camioneta en una actividad productiva. El segundo golpe es menos visible pero más profundo: como casi todo en Argentina viaja en camión, el aumento del combustible empieza en el surtidor pero no termina ahí. Se mete en el costo del flete, del mayorista, del distribuidor y del comercio. Y lo que arrancó como un problema para quien carga nafta o gasoil termina convertido en un problema para cualquiera que compra comida, higiene, limpieza o medicamentos. Es decir: cada aumento del surtidor tiene capacidad de propagarse al resto de los precios.
Ahí aparece el llamado “efecto en cadena”. Para mostrarlo con ejemplos concretos, puede mirarse de dónde salen algunos productos básicos que terminan en góndolas sanjuaninas. En aceite, una referencia líder es Cocinero, de Molinos, con elaboración en el complejo de Santa Clara, Rosario; en fideos secos, Molinos opera Lucchetti en Tortuguitas/Malvinas Argentinas, en Buenos Aires; en arroz, Gallo se procesa en Concepción del Uruguay, Entre Ríos; en azúcar, Ledesma, líder del rubro, produce en Jujuy; en papel higiénico, un nodo fuerte es Softys/La Papelera del Plata en Zárate; y en jabón, Unilever tiene planta de jabones en Villa Gobernador Gálvez. La distancia no determina todo, pero sí agrega costo logístico cuando el combustible sube.
Traducido a lenguaje de góndola: un salto del combustible no explica por sí solo toda la remarcación de esos productos, pero sí agrega presión, según rubro, distancia y densidad de valor. Y en productos como papel higiénico y limpieza el problema se agrava porque también pesan insumos industriales sensibles al dólar. En febrero, el IPC nacional fue de 2,9%. Ese mismo mes, el rubro transporte subió 2,0% y alimentos y bebidas no alcohólicas 3,3%. No todo eso se explica por el combustible, por supuesto, pero el combustible funciona como una especie de “precio madre” de la economía real: no es el único motor de la inflación, pero sí uno de los más contagiosos.
Y ese contagio llega en un momento socialmente delicado: el consumo sigue frágil. El INDEC informó que en enero de 2026 el índice de salarios subió 2,5%, por debajo de la inflación de enero, que fue 2,9%. En paralelo, el mismo organismo mostró que las ventas en supermercados, medidas a precios constantes, cayeron 1,2% interanual en enero y que la serie desestacionalizada bajó 1,5% contra diciembre. O sea: los hogares vienen con salarios reales apretados y todavía compran menos en volumen. En ese contexto, cada suba del combustible pega dos veces: primero, porque encarece llenar el tanque; después, porque encarece casi todo lo que llega al changuito.
La paradoja argentina, entonces, es esta: el país está mejor posicionado como productor y exportador de energía, pero el ciudadano de a pie no siente alivio en la estación de servicio. Ve lo contrario.
En San Juan, con YPF como referencia, la escalada del último mes lo muestra con crudeza. Y cuando el combustible sube en una economía donde el transporte de cargas sigue siendo el sistema circulatorio de casi toda la producción y el consumo, el aumento no se queda en la playa de estacionamiento de la estación. Viaja en camión, entra al mayorista, pasa por la góndola y termina sentado a la mesa del hogar argentino.



